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Nuevos
ámbitos de la fiscalización de las entidades públicas
Vicente Montesinos Julve (**) |
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Publicado
originalmente en la Revista Española de Control Externo, N" 4,
Volumen II, enero 2000 y reproducido en la Revista de Control Fiscal, Nº
146, mayo-agosto de 2001.
**
Catedrático de economía financiera y contabilidad de la Universidad de
Valencia, España. |
1. Los nuevos escenarios
de actuación de las entidades públicas. Características de la nueva gestión
pública
Las circunstancias
económicas actuales exigen una nueva concepción de la gestión pública,
basada a nuestro juicio en tres parámetros fundamentales: equilibrio financiero
estable, calidad y eficiencia en los servicios públicos, y transparencia. El
objetivo de este trabajo se centrará en la incidencia del nuevo modelo de
gestión pública y del entorno actual sobre el control a llevar de la actividad
de las entidades públicas y la forma en que se emplean los recursos económicos
que les son asignados.
Conseguir el equilibrio
financiero significa lograr el cumplimiento de las condiciones en un escenario
financiero estable, que en el caso de la UE se concreta en los conocidos cuatro
principios rectores de precios estables, finanzas públicas, condiciones
monetarias sólidas y balanza de pagos estable (art. 3A.3 del Tratado).
Centrándonos en las condiciones de estabilidad de las finanzas públicas, se
observa la preocupación de la UE por garantizar el cumplimiento de los
indicadores de déficit y endeudamiento públicos. Estas variables sitúan el
énfasis en la estabilidad financiera del Sector público, que inevitablemente
supone un estancamiento, cuando no una reducción, de sus dimensiones (vid.
Fuentes, 1997; Barea, 1997a, 1997b).
La contención del
crecimiento del gasto público plantea la necesidad de adoptar decisiones
inaplazables en cuanto a qué partidas reducir: una solución fácil e
irracional será acudir a recortes lineales y no meditados; pero la alternativa
racional y lógica, aunque más difícil, será la reforma y reestructuración
del sector público. Esta reforma se viene acometiendo en los países
occidentales bajo el prisma de la búsqueda de la calidad y la eficiencia en los
servicios públicos y en la gestión a partir de una profunda reflexión acerca
del papel y del funcionamiento del sector público tradicional, que ha venido
plasmándose en nuevas propuestas y modelos recogidos bajo el rótulo genérico
de la Nueva Gestión Pública (New Public Management, NPM), a la que más
adelante nos referiremos. El parámetro de la calidad vamos a entenderlo en este
punto como eficacia en la consecución de los objetivos, de forma eficiente y
económica, respetando los principios éticos de la equidad y las exigencias de
la conservación del medio ambiente. En definitiva, el respeto a las cinco
"Es", tradicionalmente mencionadas como paradigma rector de una
gestión pública de calidad, aunque escasamente concretadas en términos
operativos en la mayor parte de las ocasiones (vid. Benito y Hernández, 1995).
En el escenario actual de la economía internacional, caracterizado por la
globalización, calidad en los servicios ha de significar también
competitividad del sector público, lo que supone que la gestión pública ha de
ser lo suficientemente sólida para resistir su comparabilidad con los
resultados conseguidos por otros agentes económicos que llevan a cabo
actuaciones iguales o similares a las desarrolladas por un ente público
determinado, lo que modernamente se ha instrumentado a través de la técnica
del benchmarking.
Es evidente que la reforma y
la racionalización de la gestión pública planteará nuevos requerimientos
informativos para la adopción de las decisiones, al tiempo que su orientación
hacia el ciudadano exige un nuevo concepto de rendición de cuentas, con mayores
y más desarrolladas necesidades de información, tanto económico-financiera
como social y medioambiental. En definitiva, se hace imprescindible una superior
transparencia de las entidades públicas.
En la Administración
Pública tradicional, el sistema organizativo ha permitido y estimulado el
desarrollo de una cultura de la gestión basada en la rutina y la inercia, donde
las nuevas iniciativas y la innovación han encontrado, por lo general, todo
tipo de dificultades y bastantes riesgos para su diseño y puesta en práctica.
Esta situación es difícilmente compatible con un sector público importante,
garantía de los más débiles y que funcione de acuerdo con los requerimientos
de equilibrio financiero, calidad y transparencia señalados con anterioridad.
Un funcionamiento egoísta de los insiders ha contribuido a alimentar y
prolongar esta situación, radicalmente incompatible con las exigencias de un
Estado moderno en el mundo occidental.
Esta situación ha puesto
así de manifiesto la necesidad urgente de una reforma de la gestión pública,
dentro del marco de una nueva cultura política, social y administrativa que
cuente con el apoyo de los diferentes agentes implicados, en especial de los
propios empleados públicos. Ante la crisis evidente del modelo burocrático de
gestión pública (vid. Adamaschek, 1998; Barea, 1997a; Barea y Gómez, 1994;
Jenkins, Caines y Jackson, 1989; McCullock y Ball, 1992; Budäus y Buchholtz,
1996; Schedler, 1996) se han desarrollado unas líneas maestras para su reforma
que parten de la teoría del Public Choice y que han dado lugar a lo que se
conoce internacionalmente como New Public Management (NPM). La descripción de
estas líneas maestras la centraremos en los aspectos que comentamos a
continuación (Fig. 1).

1.1 Desregulación
El exceso de normas, que
aspiran a cubrir todos los aspectos de la actividad económico-financiera a un
nivel de detalle excesivo, constituye sin duda un aspecto paralizante para la
buena gestión. Es refugio de burócratas y mecanismo obstruccionista de primer
orden en manos de personas con conocimiento de los entresijos de las normas y
empeñadas en paralizar cualquier reforma. Se buscará, pues, al igual que en el
sector empresarial, menos reglas y normas y mayor énfasis en el establecimiento
de objetivos más concretos y determinados, cuantificados razonablemente y aptos
para llevar a cabo un seguimiento de su grado de consecución. Por supuesto que
esta característica no supone en absoluto la ausencia de normas, sino el
establecimiento de las mismas de modo racional, respondiendo a un planteamiento
estratégico de la gestión y permitiendo su aplicación flexible, ya que
difícilmente podrían preverse todas las circunstancias impuestas por la
realidad cotidiana, por muy prolijas y detallistas que resulten.
1.2 Orientación hacia el
cliente
Frente a una función
pública orientada hacia dentro se impone una atención a los clientes de la
entidades públicas. Estos clientes son diversos, pero en último lugar siempre
están los ciudadanos, que son los principales destinatarios de los servicios
públicos, ante los cuales convendría introducir la filosofía de la calidad
total y la prestación de servicios sin dilaciones innecesarias en el tiempo
oportuno.
Además de clientes, los
ciudadanos son los "principales" de una relación de agencia, por
razones democráticas y por razones financiero-patrimoniales, en tanto que
financiadores de los servicios a través de impuestos, tasas y precios
públicos, y depositarios últimos de la soberanía popular. Sobre esta
relación hablaremos más adelante en este mismo trabajo.
1.3 Énfasis en las
responsabilidades de gestión y motivación para las mejoras
En el modelo tradicional
existen responsabilidades penales, civiles y administrativas de los gestores
públicos, tanto funcionarios como electos y otros funcionarios que de forma
directa o indirecta gestionen recursos públicos. Sin embargo, en la mayor parte
de los casos no existen propiamente responsabilidades de gestión ante la
ausencia de objetivos y delimitación de funciones y responsables. Se trata,
pues, de definir adecuadamente los objetivos, diseñar los procesos de gestión
y asignar responsabilidades en los diferentes niveles. Sólo a partir de un
sistema diseñado por responsabilidades podremos hablar propiamente de
establecimiento de incentivos que sirvan de manera efectiva para la mejora de la
gestión, más bien desmotivada o desincentivada en los esquemas burocráticos
tradicionales.
1.4 Introducción de la
competencia y el mercado
La ausencia de competencia se
considera una de las causas fundamentales de las deficiencias de los servicios y
comportamientos públicos. En consecuencia, la introducción de los mecanismos
de mercado constituye una preocupación central en el marco de la nueva gestión
pública no solamente en el caso de servicios asumibles por la iniciativa
privada, sino también como referencia para el caso de servicios públicos
puros. Del lado de la demanda, conectaremos con la orientación hacia el
cliente, y cuánto puede, debe o está dispuesto a pagar por unos servicios. Del
lado de la oferta, los entes públicos no funcionan en un mundo distinto y
aislado de los competidores privados, con los cuales deberá coexistir sin
privilegios especiales, excepción hecha de razones estratégicas especiales.
Cuando los mercados existan,
sean reales, la regla será utilizarlos y competir; cuando no existan o no
funcionen, la regla será imitarlos, crear mercados virtuales o de referencia:
en este sentido la técnica del benchmarking está resultando de gran utilidad.
1.5 Métodos de
evaluación y técnicas de gestión
La evaluación debe estar
presente ens todos los niveles de la gestión pública: evaluación de
políticas, funcionamiento de sistemas, desempeño de los responsables, impacto
de las medidas en los ciudadanos, eficiencia en el empleo de los recursos, etc.
Para ello hay que acudir a cuantificaciones, financieras o no, de magnitudes que
puedan ser representativas de aquellos aspectos que se pretende evaluar. Las
nuevas técnicas de management, desarrolladas en las últimas décadas en el
campo empresarial, deben introducirse igualmente en el nuevo marco de la
gestión pública. Para ello será necesario reformar estructuras legales,
actualizar la cultura de gestión, interesar a los funcionarios de forma activa
e introducir los recursos humanos y materiales necesarios, en especial en
materia de tecnología de la información.
1.6 Descentralización
En los años ochenta se
desarrolla en el Reino Unido el proyecto Next Steps, inspirado en la filosofía
de la mejora de la Administración Pública a través de la utilización de los
recursos disponibles en la prestación de servicios de más calidad. Así,
frente a la idea de una gran organización dirigida desde el centro, se opta por
unidades de gestión más pequeñas y discretas, una estructura más
"federal" (Phippard, 1994). En esta línea, la descentralización
supone asignar objetivos más concretos, con una perspectiva más operativa, y
poder así llevar a cabo su seguimiento con mayor efectividad. La creación de
agencias o entidades públicas más reducidas, con más flexibilidad en la
normativa a aplicar y sometidas a la lógica del mercado, sería el instrumento
adecuado para llevar adelante la descentralización. Es cierto, sin embargo, que
en muchas ocasiones nuestra experiencia ha sido la de creación de empresas
públicas que homologan sus sueldos a las privadas, pero que en realidad siguen
sin la debida eficiencia, al abrigo de los auténticos mecanismos competitivos
del mercado (vid. Gimeno, 1997).
1.7 Reorganización e
implicación de la función pública en la gestión y las reformas
La función pública
tradicional, al abrigo de los mecanismos de reclutamiento, formación continuada
y actualización, reestructuración y despido propios de las empresas y sin los
mecanismos de responsabilidad y motivación señalados, puede ser un freno
importante para cualquier reforma. Parece necesario, imprescindible, implicar a
los servidores públicos en la reforma de gestión pública, ya que son, al
menos en el caso de la administración, los principales inputs y los directos
prestadores de los servicios públicos a los ciudadanos.
Difícilmente puede pensarse
en el éxito de cualquier reforma, aunque sea discreto, al margen de esta
función pública. El equilibrio entre la debida independencia y profesionalidad
de estos funcionarios y la consecución de los objetivos estratégicos de las
organizaciones constituye así el gran reto que éstas tienen planteado en la
actualidad.
1.8 Mayor sensibilidad
hacia cuestiones medioambientales e implicación ciudadana en programas de
solidaridad social
Junto con los parámetros
anteriores, que suponen en gran medida una importación al sector público de
las exigencias del mercado y la cultura de la calidad en la gestión, las
entidades públicas tienen que tomar nota de un cambio cualitativo en la
apreciación de los ciudadanos en cuestiones medioambientales y programas de
solidaridad social, entendida dentro del marco de la globalización no sólo
económica, sino también humanitaria. Las proporciones de los presupuestos
dedicadas a estos fines son cada día más significativas, y no ha crecido de
forma pareja la eficacia de los mecanismos de control, por lo que se trata de un
ámbito especialmente sensible desde el punto de vista de la fiscalización y la
auditoría de la gestión pública y la asignación de sus recursos.
Por encima de los aspectos
particulares descritos se sitúa la perspectiva estratégica en la gestión de
las entidades públicas, traducida en el establecimiento claro de unos
objetivos, de una cultura gerencial y de una identificación de todos los
miembros de la organización con esos objetivos y esa cultura. La consecución
de esta reforma, hasta su mismo planteamiento, requiere, sin duda, de una
voluntad política decidida y clara. Es necesario el convencimiento de que
cualquier recorte en el Sector público llevado a cabo en forma simplista y
lineal, sin considerar su reestructuración y la mejor atención al ciudadano,
será injusto y se traducirá en un retroceso de las conquistas y prestaciones
sociales, porque la asignación de recursos no será la adecuada. Todo lo que no
sea partir de esta premisa y asumir los costes políticos que inevitablemente
conlleva será una operación de "maquillaje" que sólo generará
frustración, desprestigio para las reformas y, en definitiva, mayor injusticia.
La existencia de experiencias de éxito en estas materias es, sin duda, una
inyección de optimismo y una exigencia moral para su consecución. La red de
ciudades seleccionadas y estructuradas por la Fundación Bertelsmann para
experimentar y estimular la implantación de mejoras en la gestión municipal
constituye, sin duda, una referencia importante y de gran utilidad en el ámbito
local (Adamaschek, 1998; Pröhl, 1997).
En nuestro país [España],
la Constitución consagra el Estado social y democrático de Derecho, en el que
la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político son los valores
superiores en los que se fundamenta (art. l). Por otra parte, el artículo 31.2
de nuestra Carta Magna establece que el gasto público realizará una
asignación equitativa de los recursos públicos, sujetándose en su
programación y ejecución a los criterios de eficiencia y economía.
En términos más concretos y
próximos a la concepción de la gestión pública descrita en párrafos
anteriores se manifiesta la Ley de Organización y Funcionamiento de la
Administración General del Estado (LOFAGE), que recoge los criterios
inspiradores de la gestión pública en los términos siguientes:
- En lo relativo a la
desregulación, y salvado en cualquier caso el principio de legalidad, se
plantea desde la propia exposición de motivos la necesidad de acometer
procesos de supresión y simplificación administrativa, objetivo que liga
con el mejor servicio a los ciudadanos, dentro del principio de simplicidad,
claridad y proximidad a los ciudadanos (art. 3). La racionalización y
agilidad de los procedimientos administrativos y de las actividades
materiales de gestión es un principio de funcionamiento que conecta
igualmente con la simplificación normativa y con el énfasis en los
objetivos, al cual nos referiremos más adelante.
- La orientación hacia el
cliente se plasma en el principio de servicio a los ciudadanos, que propugna
la efectividad de sus derechos en relación con la Administración, haciendo
referencia a la mejora de los procedimientos, servicios y prestaciones
públicas, así como al establecimiento de estándares de calidad (arts. 3 y
4).
- En cuanto al énfasis en
las responsabilidades de gestión y motivación para las mejoras, se habla
del principio de jerarquía y del principio de responsabilidad por la
gestión pública entre los principios de organización (art. 3). Estos
principios no encuentran, sin embargo, un desarrollo ulterior que suponga un
camino efectivo para la mejora de la gestión.
- La introducción de la
competencia y el mercado no se contempla explícitamente en el texto legal,
pero sí se mencionan con insistencia los criterios de economía y
eficiencia: economía, suficiencia y adecuación estricta de los medios a
los fines institucionales, así como eficiencia en la asignación y
utilización de los recursos públicos (art. 3).
- El énfasis en los
objetivos y su nivel de cumplimiento está recogido en los principios de
eficacia en el cumplimiento de los objetivos fijados y el de programación y
desarrollo de objetivos y control de la gestión y de los resultados (art.
3). No se aborda, sin embargo, ni siquiera en términos programáticos, el
desarrollo de técnicas de evaluación de la gestión.
- La descentralización es
uno de los aspectos en los que se hace más énfasis en la LOFAGE,
estableciendo los principios de descentralización funcional y
desconcentración funcional y territorial, complementados con los principios
de coordinación y cooperación y coordinación con las otras
Administraciones Públicas. El desarrollo incide especialmente en la
organización territorial y servicios periféricos del Estado, más que en
el desarrollo de la cultura y los métodos de descentralización en la
gestión (art. 3, junto con los capítulos II y III).
- No se aborda la
implicación de la función pública en la gestión de la reforma y su
reorganización, salvo la profesionalización de los órganos directivos,
cuyos titulares deberán designarse atendiendo a criterios de competencia
profesional y experiencia.
- Es importante el énfasis
en la objetividad y transparencia de la actuación administrativa (art.3),
que en la exposición de motivos se concibe no sólo como una garantía para
los ciudadanos, sino también como un criterio de actuación general del
aparato público.
La información sobre la
gestión, su seguimiento y su control no se encuentra, sin embargo,
desarrollada. La reciente reforma de la Ley General Presupuestaria no ha pasado
de ser un ajuste técnico de la misma a la LOFAGE y a las sucesivas Leyes de
Presupuestos, quedando pospuesta su reforma en profundidad, en la que se aborde
una revisión de alcance de los objetivos y contenido de la información
pública y la rendición de cuentas, con inclusión en la misma de aspectos no
financieros, relativos a la gestión y su calidad, al cumplimiento de los
objetivos, a los costes de los servicios públicos y la eficiencia productiva de
los entes públicos, entre otros aspectos necesarios para evaluar y controlar la
gestión de los recursos económicos por parte de las entidades públicas.
En definitiva, en nuestro
país nos encontramos en los inicios del proceso. En la fase de los principios
generales, sin que se haya iniciado propiamente la fase de las reformas reales y
la introducción de la nueva cultura de la gestión y transparencia en la
información. Quizá lo más negativo sea que se ha hablado demasiado de la
información y el control de la eficacia, la eficiencia y la economía, sin una
contrapartida consistente en la realidad. Con ello puede haberse creado un clima
de complacencia y estancamiento en uno de los casos, de escepticismo e
incredulidad en otros, y de frustración y desánimo entre quienes han dedicado
esfuerzo e ilusión a tal proyecto. En cualquier caso, las reformas son
imprescindibles y el resto es hacerlas de manera adecuada, lejos de los
reajustes y recortes improvisados e irracionales, cuyo mal diseño y ejecución
siempre acabará pasando factura, de forma inmediata, a los funcionarios más
honestos y competentes, y al final del proceso, a los ciudadanos.
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