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Nuevos
ámbitos de la fiscalización de las entidades públicas
Vicente Montesinos Julve (**) |
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Publicado
originalmente en la Revista Española de Control Externo, N" 4,
Volumen II, enero 2000 y reproducido en la Revista de Control Fiscal, Nº
146, mayo-agosto de 2001.
**
Catedrático de economía financiera y contabilidad de la Universidad de
Valencia, España. |
3. Gobierno y relación de
agencia de las entidades públicas. Alcance y contenido actual de la rendición
de cuentas
En el marco de la concepción
actual de la gestión pública, el Gobierno de los entes que componen el sector
público tiene que entenderse como una actividad llevada a cabo por los órganos
encargados de dicho Gobierno en interés y tomando en consideración las
opiniones y valoraciones de todos los colectivos implicados en la misma
(stakeholders) y no una parte de los mismos, por muy cualificados que resulten.
En este sentido, deberá tenerse en cuenta de manera preferente la satisfacción
de los ciudadanos con los servicios públicos recibidos, dentro, por supuesto,
del marco de valores superiores recogidos en la Constitución y los Tratados
Internacionales. Deberá vigilarse cuidadosamente el funcionamiento de la
relación de agencia y sus implicaciones, procurando minimizar los costes
derivados de esta relación y revisar de forma continuada las estrategias y
políticas en función de los intereses del principal último de la relación,
que son los ciudadanos. En este sentido, la presencia de mecanismos intermedios
de control, de organizaciones ciudadanas y de personalidades independientes
puede ofrecer mecanismos importantes para conducir el gobierno de los entes
públicos de forma próxima a los intereses y preferencias de esos stakeholders,
a los que se debe.
Quizá convenga en este punto
introducir alguna reflexión a propósito de la relación de agencia en la
gestión pública e iniciar una nueva lectura de la misma dentro del marco
conceptual adoptado, que supone una modificación importante de las relaciones
entre los responsables de las decisiones estratégicas y los responsables de
gestionar de forma profesional la producción de servicios públicos (Fig. 2).
Se produce así una separación más clara entre quienes adoptan las decisiones
de carácter político y los responsables profesionales de las actuaciones
tácticas y operativas. Entre ambos se establece una relación de agencia, con
la particularidad de que el principal es en último término el ciudadano,
representado por los cargos políticos electos, que a su vez mantienen una
cierta relación de agencia con la ciudadanía, ante la cual se comprometen a
gestionar la consecución de unos objetivos estratégicos determinados.

Los gestores públicos
profesionales, como responsables ejecutivos, reciben un mandato de los gobiernos
(que actúan frente a ellos como principal), frente a los cuales deben ofrecer
unos resultados, informando adecuadamente de ellos y respondiendo en
consecuencia de su gestión. (Ver figura 2)
Estamos, pues, ante una
cadena de relaciones de agencia (ciudadanos-asambleas de
electos-gobiernos-responsables ejecutivos) con un último eslabón representando
por los ciudadanos y una primera línea operativa representada por los que
producen o prestan directamente los servicios públicos a los ciudadanos (vid.
Gago, 1996; Huerta, 1997; Montesinos, 1998). La contratación externa y la
privatización de los servicios públicos introducen otro componente adicional a
esta cadena de agencia, constituido por los terceros a los que se encarga la
prestación de los servicios públicos, que no pueden dejarse al margen de la
responsabilidad pública precisamente por el tipo de servicios que gestionan.
Al igual que las nuevas
coordenadas de la gestión pública tienen un importante impacto en la
rendición de cuentas, también introducen peculiaridades significativas en la
cadena de relaciones de agencia de las entidades públicas. En efecto, si la
relación de agencia ya presenta de por sí problemas en el ámbito de las
empresas (vid. Gago, 1996: 37 y ss), en el ámbito de las entidades públicas,
especialmente las administrativas, esta relación tiene unos costes mayores para
el principal en tanto en cuanto la discrecionalidad directiva de los agentes es
mayor y los mecanismos compensatorios mediante incentivos a su actuación en el
sentido perseguido por el principal son más difíciles de introducir y mucho
más de mantener establemente en funcionamiento (vid. Huerta, 1997).
La aversión al esfuerzo y el
oportunismo de los agentes en los diferentes niveles son factores negativos para
el funcionamiento de la relación de agencia, cuya reducción por medio de
sistemas de promoción, complementos salariales, prestigio, etc. resulta mucho
más difícil que en las empresas, fundamentalmente por la rigidez tradicional
de la función pública. Junto a los incentivos, el principal tiene que soportar
los costes derivados de la introducción de controles (costes monitoring) y de
las restricciones a su actuación derivadas de las condiciones de los contratos
(costes bonding), costes que en la Administración Pública tienden a hacerse
más potentes ante la menor efectividad de los incentivos y la menor experiencia
técnica de los principales; sin embargo, el carácter más exigente o estricto
de estos controles no quiere decir que sean más efectivos, efectuados como
están a su vez por personas que desempeñan el papel de agentes y se hallan,
por tanto, sujetas a una dinámica similar a aquéllos cuya conducta han de
controlar. Los costes residuales de la agencia pública, aquéllos que restan
satisfacción a los principales sin ser evitados por los costes monitoring y
bonding, tienden así a ser más significativos que los de la relación privada
de agencia.
Por su parte, los principales
disponen como regla general de menos información que los agentes, lo cual
dificulta su acción para hacer que el agente se comporte de acuerdo con sus
intereses. En el caso de los representantes políticos, su impericia, rotación
en el cargo y ausencia de formación técnica aumenta por lo general esta
asimetría informativa, lo cual viene a agudizar en términos comparativos el
problema de la agencia pública. Por su parte, los ciudadanos todavía tienen
una asimetría informativa mayor con respecto a sus representantes y los
funcionarios con los que se relacionan.
En cuanto a la
subcontratación y privatización de servicios públicos, frente a los
beneficios de la mayor competitividad hay que tener en cuenta que se producirán
nuevos costes de agencia, tanto de monitoring como bonding, junto con unos
costes residuales que pueden ser significativos, especialmente cuando el control
y seguimiento de la calidad de las prestaciones no resulta efectivo, por no
realizarse correctamente o por presentar dificultades insuperables.
En este contexto, el concepto
de responsabilidad política, social y financiera de los gestores públicos
frente a sus principales resulta sensiblemente reforzado y correlativamente se
ve ampliado el contenido y alcance de la rendición de cuentas. Dentro de los
mecanismos intermedios de control destinados a proteger los intereses de los
principales de la relación de agencia en las entidades públicas, la
auditoría, y en especial la auditoría externa, está llamada a desarrollar uno
de los papeles más significativos. Habida cuenta que el papel de la
fiscalización y la auditoría públicas incidirá fundamentalmente en la
verificación del adecuado cumplimiento de la responsabilidad de los gestores y
en la explicación de su gestión realizada a través de la rendición de
cuentas, cuyas características están sufriendo un cambio tan importante y
significativo, no resulta aventurado señalar que nos encontramos ante una
perspectiva de profunda revisión del papel y del alcance de esa fiscalización
de la gestión pública en orden a garantizar su objetividad y eficacia.
Al comenzar este trabajo
hemos hablado de la transparencia informativa como uno de los parámetros en los
que se ha de fundamentar la reforma de la gestión pública. Esta transparencia
es necesaria tanto hacia fuera como hacia dentro de las entidades, en tanto en
cuanto habrá que facilitar la adecuada adopción de decisiones, tanto por parte
de los terceros que se relacionan con las entidades públicas como por los
gestores de las mismas.
El concepto de rendición de
cuentas constituye la principal manifestación de la responsabilidad por la
administración de los recursos públicos, puestos en manos de los electos y
gestores públicos por parte de los ciudadanos. En la actualidad, la rendición
de cuentas cobra una dimensión y un alcance diferentes a la vista de los nuevos
y más amplios objetivos y pautas de comportamiento atribuidos a las entidades
públicas. Parece imponerse la necesidad de una mayor apertura de los gestores
públicos hacia todas aquellas instancias que representan a los depositarios de
la soberanía popular (la ciudadanía y los representantes electos); las fuentes
de sus recursos financieros (los contribuyentes, entidades públicas y privadas
que efectúen aportaciones); los clientes de los bienes y servicios públicos
(fundamentalmente los ciudadanos y el público en general, junto con terceros
vinculados por relaciones empresariales o de otra índole), y los
suministradores de bienes y servicios, con o sin contraprestación. Frente a
todas estas categorías de usuarios, los entes públicos y sus gestores han de
asumir una cultura de rendición de cuentas y presentación de información más
transparente, cualitativamente distinta a la tradicional, oportuna en el tiempo,
relevante y sometida a controles externos e independientes, garantes
profesionales de la veracidad y adecuación de la información que se
proporciona.
En la información a rendir
por parte de las entidades públicas podemos diferenciar dos grandes grupos de
componentes: componentes financieros y componentes de gestión (Fig. 3). Los
primeros se corresponden con el concepto convencional de estados financieros, en
tanto que los segundos incorporan información específicamente de gestión. No
cabe duda de que los estados contables de la contabilidad financiera y
presupuestaria de las entidades públicas incorporan información referente a la
gestión en tanto en cuanto incluyen variables económicas y financieras
derivadas de la misma; sin embargo, su elaboración y presentación van
orientadas fundamentalmente hacia la evaluación de su equilibrio financiero,
más que a la evaluación de su gestión, que requieren desarrollos
específicos, centrados por lo general en los denominados indicadores de
gestión. (Ver firgura 3)

En lo referente a los
componentes financieros de la rendición de cuentas, existen dos criterios para
la rendición de cuentas y la toma de decisiones: el criterio de la
autorización para la asignación de fondos y el criterio del control o la
propiedad (IFAC., 1996, § 32-79).
De acuerdo con el criterio de
la autorización para la asignación de los fondos, los recursos considerados en
las cuentas son únicamente los fondos líquidos, y las entidades que informan y
transacciones incluidas son aquéllas que se financian predominantemente a
través del presupuesto, es decir, el sector presupuestario.
Cuando se adopta el criterio
del control o de la propiedad se incluyen en la cuentas todos los recursos de
los que el Gobierno es responsable. Las entidades que informan y las
transacciones consideradas son aquéllas que el Gobierno controla o posee, es
decir, tanto el sector presupuestario como el no presupuestario.
Finalmente, si la
información de las entidades públicas ha de servir para una adecuada
rendición de cuentas y para facilitar la adopción de decisiones a los
distintos tipos de usuarios, parece lógico que, junto con la información
financiera convencional mencionada, se incorporen a la rendición de cuentas
componentes de gestión más específicos. En tal sentido, resulta significativa
la posición del GASB norteamericano, cuando considera que la información de
esta naturaleza -información SEA (Service Efforts and Accomplishments
Reporting)- debe incluirse entre la información externa de carácter general de
las entidades públicas, si bien reconoce la ausencia de normas reguladoras en
los propios Estados Unidos (GASB, 1987: § 77; 1994: § 5 y 6; Benito y
Hernández, 1995).
Los aspectos a los que ha de
venir referida la información de las entidades públicas en materia de gestión
son la eficacia, la eficiencia y la economía, aspectos a los que cada vez
resulta más adecuado añadir los de equidad y ecología.
La eficacia surge de la comparación entre los objetivos fijados a las acciones
y los resultados o impacto real de las mismas (eficacia en los objetivos).
También se habla de eficacia en el coste cuando se comparan estos resultados
finales de las acciones con los costes en los que se ha incurrido para
lograrlos.
La eficiencia, rendimiento o
productividad resulta de la comparación de los productos o servicios obtenidos
de la actividad pública (outputs) y los recursos productivos utilizados para
ello (inputs), en unidades físicas o valoradas ambas magnitudes en términos
monetarios.
La economía se traduce en la
consecución de los menores costes de los recursos productivos utilizados en la
adquisición de dichos recursos en igualdad de características técnicas y
suponiendo las mismas condiciones en cuanto a la eficacia y la eficiencia del
proceso.
A estos tres conceptos suelen
añadirse otras dos "Es": la equidad, planteada como incidencia de los
resultados finales de la acción pública sobre la justicia y el equilibrio en
la situación de los ciudadanos, y la ecología, centrada en el análisis del
impacto de la actuación de las entidades públicas sobre el medio ambiente. La
eficacia, la equidad y la preservación del equilibrio ecológico han de
considerarse responsabilidades genuinas de la alta dirección política. La
eficiencia es responsabilidad de la dirección ejecutiva y la consecución de la
economía ha de procurarse por parte de los responsables de los diferentes
departamentos de la entidad.
La información sobre estos
aspectos, y en concreto sobre la eficacia, eficiencia y economía, está
relacionada en bastantes ocasiones con las magnitudes incluidas en la cuenta de
resultados. Así, los ingresos por recaudación nos informarán de la eficacia
con la que se han cubierto los objetivos fijados; en tal sentido los costes de
los servicios nos aproximarán a la economía con la que se ha trabajado, y los
segmentos del resultado nos proporcionarán información sobre la eficiencia de
la gestión. No obstante, la utilidad de esta información será demasiado
limitada, bien porque aparece demasiado agregada, bien porque no se encuentran
todas las variables necesarias para elaborar una opinión, ya que muchas de
ellas no son financieras.
La información sobre la
gestión sobrepasa, pues, los estrictos límites de la información financiera y
puede resultar muy prolija, lo cual le restará utilidad, ya que al usuario le
será difícil detectar los aspectos significativos. Por eso es importante
seleccionar y desarrollar un conjunto de indicadores de la eficacia, eficiencia
y economía de la actuación de la entidad que reúnan determinadas
características para resultar útiles con vistas a cubrir los objetivos para
esta área de los sistemas de información, que bien podemos considerar inserta
dentro de la contabilidad analítica de la entidad. Los requisitos más
significativos de estos indicadores son la fiabilidad, claridad, relevancia,
sencillez, comparabilidad, oportunidad, uniformidad y aceptación por parte de
los agentes y usuarios. En la búsqueda y definición de estos indicadores
habrá que tener muy presente el enfoque estratégico y la cultura de la
gestión de la entidad que se considere. Estos indicadores resultarán
especialmente relevantes y necesarios para la puesta en práctica del nuevo
modelo de gestión pública descrito al comienzo de este trabajo.
Los indicadores se pueden
clasificar atendiendo a diversos criterios, de los cuales tomaremos aquí tres
en consideración: a) la eficacia, eficiencia y economía (Fig. 4); b) los
objetivos estratégicos, y c) las funciones que desarrolla la entidad
considerada (Fig. 5).


Comenzando por el primer
criterio clasificativo, tendremos (vid. GASB, 1994):
- Indicadores de eficacia o
medidas de cumplimiento, diferenciando los relativos a las unidades de
productos o servicios (outputs) obtenidas y los indicadores de resultados o
impacto (outcome) producidos por la actuación de la entidad.
- Indicadores de economía,
relativos a los recursos utilizados, tanto en términos financieros como no
financieros, cuantitativos o no cuantitativos.
- Indicadores de eficiencia,
que relacionan los productos o servicios obtenidos y su impacto con los
recursos utilizados y su coste. Pueden utilizarse unidades físicas o
monetarias o combinar ambas medidas.
Los objetivos estratégicos
identifican las grandes áreas de atención de la política de la entidad para
un período determinado, y puede ser adecuado centrar entre ellos el desarrollo
de una batería de indicadores. Así, por ejemplo, un municipio puede establecer
como principales objetivos estratégicos (vid. Adamaschek, 1998):
- El cumplimiento de tareas
específicas. Los indicadores de eficacia, eficiencia y economía se
enfocarán por actividades y responsables.Satisfacción de los clientes,
esencialmente los ciudadanos. En este caso, los indicadores de eficacia, en
cuanto a impacto, serán sin duda los más utilizados.
- Satisfacción de los
empleados. Indicadores de economía y eficiencia serán los más
representativos de la satisfacción de los empleados y su reflejo en el
trabajo que realizan.
- Eficacia de los costes.
Implicará el cálculo de recursos utilizados y su coste para su ulterior
comparación con los resultados obtenidos o impacto de los mismos.
Finalmente, el énfasis en el
primero de los objetivos señalados conduce al desarrollo de indicadores por
cada una de las funciones desarrolladas por la entidad. Ésta es la metodología
desarrollada para las Corporaciones Locales inglesas por la Audit Commission
como parte de la Carta de los Ciudadanos (vid. Audit Commission, 1993; Navarro,
1996).
A partir de la información
segmentada por funciones, un buen sistema de información contable deberá
permitir establecer estados financieros sectoriales (Coopers & Lybrand,
1992), que podrían agruparse en torno a dos grupos de información
(información de naturaleza económica y de gestión, ya que la financiera se
presentará consolidada para toda la entidad o grupo local): a) estado de
objetivos y gestión de servicios: b) estado de costes e ingresos operativos del
ejercicio.
El estado de objetivos y
gestión de los servicios ha de presentar, para cada función considerada, de
forma clara y concisa, la descripción de la actividad, el objetivo
estratégico, algunos indicadores significativos de la gestión realizada (pocos
indicadores y cuantificados), así como un breve comentario de la gerencia sobre
la actuación realizada.
En cuanto al estado de costes
e ingresos operativos, ha de presentar un detalle de los ingresos, costes e
información significativa acerca del consumo de los principales factores de
producción. No todas las funciones generan ingresos, por lo que en muchas de
ellas se trata más bien de un estado de costes de las operaciones del
ejercicio.
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